La cortada.era empedrada, de adoquines grandes, porque los hay chiquitos también, pero estos eran grandes. Estaba en declive, o sea, habìa que subirla o bajarla. En una de las esquinas, habìa una plazoleta, muy cuidada, el césped verde formaba una alfombra que invitaba a sentarse o a los mas atrevido a recostarse, pero nunca vi a nadie hacerlo…
El lìmite de la plazoleta era la pared de una casa, desde la cual asomaban y caían como queriendo acariciar el césped, las ramas y los racimos de una glicina; así que gran parte de la plazoleta, generalmente estaba tapizada de pétalos de glicinas. La escalera en la ochava era de ladrillo ingles, dispuestos de canto y entre ladrillo y ladrillo habìa una junta de cemento que a la vista era tan importante como los ladrillos; es decir que no solo los unía sino que formaban parte del diseño. Parecía como que hubieran cortado un pedazo de la plazoleta e incrustado la escalera, porque la plazoleta formaba una leve pendiente. En la esquina de enfrente habìa una casona, con un diseño ecléctico, donde predominaba el Art. Decò, aunque de no ser tan crítico se podría decir que era estilo Art. Decò, con algún detalle foráneo. Tenía un jardín adelante. Para acceder a la puerta de entrada habìa que subir unos cuantos escalones. La puerta era de hierro, forjada en el estilo antedicho, las paredes eran lisas, no tenían muchas molduras, pero a ambos costados de la puerta habìa una guarda de mayólicas con dibujos en colores pasteles bien definidos, y contrastantes figuras estilizadas y etéreas, lo que llamaba la atención porque le daban una singularidad tal, que no podìa pasar desapercibida. A ambos lados de la puerta y desde la parte inferior hasta la mitad de ésta estaba el tapial como frontera entre la casa y la calle. Enfrente de esta casa habìa otra que parecìa una mezquita, también habìa que subir una escalera para llegar a la entrada; en realidad todas las casa de la cortada tenia una escalera, o sea que las casas estaban muy por encima del nivel de la vereda. Las paredes del frente de esta casa que parecìa, como dije, una mezquita, eran blancas. Detrás del tapial del frente, que a la vez hacia de baranda a sendos patios terrazas a ambos lados de la puerta, estaba la galería de la casa que se extendía a todo lo largo de ésta. También para entrar a la galería había que subir cuatro escalones tan largos como la galerìa misma. El piso era de mosaicos, con dibujos búlgaros. Cuatro columnas, también sostenían a esta galería que era de cemento. Pasando la galería se entraba a la casa a través de una gran puerta, y ahí estaba la sala, una gran sala, también de mosaicos pero blancos. Alrededor de la sala estaba el resto de las dependencias. En medio de la sala y formando parte del techo estaba la cúpula, por donde entraba la luz a través de una serie de aberturas alrededor, como especies de ventanas en arco de medio punto, y cerradas por vitreaux para que no entrara el agua cuando llovía.
Los Jacarandas de la vereda lograban abrazarse justo en el medio de la calle; así que formaban como una especie de túnel a largo de la cortada, y extendían sus ramas aparentemente en forma indisciplinada; pero yo siempre pensé que era una forma de agradecimiento por haber sido plantados allí, y se animaban a crecer como les daba las ganas. Eso si, ni poda ni escamonda, porque sabían quienes los cuidaban, los vecinos. Era una cortada muy particular, y sus habitantes muy celosos de ella. Los días de lluvia, como la cortada estaba en pendiente, se formaban como pequeños arroyitos entre los adoquines, y donde se unían el cordón con los adoquines el agua bajaba con bastante fuerza, arrastrando los pétalos que caían de los jacarandas y de vez en cuando un barquito de papel que algún padre fabricaba con la excusa de que su hijo se divirtiera…
Por las noches la cortada era iluminada por una sola lámpara que estaba situada en el medio por debajo de las ramas de los jacarandas. Emitía una luz que no era blanca, sino amarillenta. También los vecinos se habían opuesto a que la reemplazaran, y agregaran más luces. La iluminación era suficiente reparando en que cada casa tenia en el frente un farol, algunas dos, uno a cada lado de la puerta de entrada. Ademàs era mágico llegar a la cortada y encontrarse con ese cono de luz, revelando un paisaje que nosotros que la conocíamos, sabíamos que se repetía por todo a lo largo. Porque nadie lo decía, pero todos sentíamos que nuestra casa empezaba ahí, al apenas entrar a la cortada, y mas aun si uno llegaba de noche.
Y fue en una de esas noches que la conocí. Estaba sentada en el escalón de una de las casas, justo bajo la luz de la calle. Yo vivía dos casas más allá. La vi desde el principio, y cuando pase al lado, me animé a saludarla, un simple hola, y no se por que, estaba seguro que me iba a responder. Y me respondió. Le pregunte si esperaba a alguien, me dijo que no, que ya no esperaba nada… Sin pedirle permiso, me senté a su lado. Le pregunté que hacía allí, entonces. Nada, me volvió a responder. Ahí me di cuenta que era una intrusa. No esperaba a nadie de la cortada, y desde ya que en la cortada no vivía, porque nos conocíamos todos. Habìa traspasado el límite. Aunque era tan joven…, pero las reglas son las reglas, de no hacerlo, estaría traicionando a la gente de la cortada. Porque no fue fácil tomar la decisión, aunque todos sentíamos lo mismo; que la cortada era nuestra, y el que se animaba a entrar, no salía. Aunque…, era tan joven.
Le dije que si, que la entendía porque yo también a veces sentía eso, de no esperar nada ya…aunque es preferible eso, antes de encontrarse con lo que uno no esperaba. Se largó a reír, no la deje sola, me reí también. Aproveché la oportunidad para invitarla a casa, a tomar un cafè. Al principio dudó, pero yo la animé y aceptó.
Entramos y nos quedamos en la salita, se sentó en un sillòn y le pedì que me esperara, que iba a poner a calentar el cafè. Que pusiera la música que quisiera, porque ahí habìa un equipo de música. Entré a la cocina y mientras ponìa a calentar el cafè, fui a buscar el cianuro. Ella habìa puesto un CD de Piazzola…, me conmoviò, con lo que me gusta Piazzola. Eché el cianuro en la taza de café y fui para la salita. Le pregunté a que se dedicaba, me dijo que trabajaba en un estudio jurídico, y estudiaba arquitectura. Solo una vez debía beber del cafè, para que el cianuro hiciera efecto; y lo hizo. Creo que se le cayó la taza de las manos antes de desplomarse sobre el sillòn. Me acerqué y apoye mi oído sobre su pecho. Habìa hecho un paro cardiorrespiratorio, ya lo sabíamos, todos morían así, ya lo habíamos averiguado. Tomè el telèfono y lo llame a Cosme, en su casa debìa ser enterrado este cuerpo, ya que era una de las que no tenían el cuerpo de un intruso enterrado. Lo llamamos a Joaquín, el dueño de la casa de estilo Art. Decò para que nos ayudara. Cuando terminamos, nos miramos por un momento entre los tres, solo Joaquín se animó a hablar. Era tan joven, dijo.