Todo comenzò una tarde de enero, en horas de la siesta. Doña Sara disfrutaba del resistidero en la habitaciòn chica. Ese dìa ademàs de Doña Sara, en la casa estabamos Mauricio, Rosalia y yo. Mauricio era mi amigo, tenìa 16 años, como yo. Era un chico hiperactivo y con mucha imaginaciòn, congeniabamos bien, y siempre llevamos a cabo las cosas que se nos ocurrìan, por supuesto sin tomar los reparos, y sin las garantìas de que salieran bien, pero nos dabamos los gustos. Rosalia era la muchacha que trabajaba cama adentro en lo de doña Sara y Mauricio era nieto de la señora. Rosalia Del Pilar Spindola era su nombre completo. Oriunda del Paraguay, llegò a Rosario un 14 de julio de 1967 a la casa de doña Sara. Hacìa todas las tareas hogareñas y tenìa su habitaciòn en el fondo de la casa. Por cierto nunca olvidarè aquella casa. Se entraba por una gran puerta de madera labrada, con una manito arriba, al costado, que servìa para llamar. En la otra hoja de la puerta estaba el buzòn, y cada hoja ademàs tenìa como una especie de agarradera. El picaporte y todo lo anteriormente mencionado eran de bronce, siempre brillante, Rosalìa tambièn se encargaba de que lucieran asì.
Cuando uno atravesaba la puerta pasaba a un pasillo de mosaicos, antes habìa que subir dos escalones de marmol. A ambos lados del pasillo se podìa entrar a las habitaciones. La de la derecha era una habitaciòn chica, con un piano vertical. Era la sala de estudios, ya que doña Sara era profesora de piano. La otra habitaciòn era amplia y majestuosa, como una especie de living comedor pero ambos muy amplios. Tenìa dos arañas de caireles y cada una soportaba 45 lamparas en forma de làgrimas. En lo que vendrìa a ser el living estaba el piano de cola. Los dìas de conciertos, porque doña Sara no solo era profesora de paino, sino que era concertista, todo se transformaba en una gran sala, donde lucian las cortinas de terciopelo bordò, las sillas de pana, las arañas que iluminaban el salòn con sus 90 lamparitas y los pisos de madera que lucian un brillo espectacular. Si uno seguìa por el pasillo se encontraba con el vestibulo, amplio tambièn con pisos de mosaicos blancos y en medio de cada mosaico una flor de lis de color terracota. El vestibulo era iluminado por distintas tonalidades segùn golpeara el sol sobre el vitraux que se extendìa de pared a pared y separaba èste del patio. Esta parte de la casa era de estilo español con mayòlicas y una fuente en el medio. Alrededor habìa bancos de material, recubiertos tambièn con mayòlicas. Entre los bancos, eran 6 en total, habìa plantas y en la pared del costado derecho una enrredadera, una "enamorada del muro".
El patio estaba separado del jardìn por una serie de columnas romànicas, como las que estàn actualmente en el Parque De La Independencia, esa rèplica de las ruinas francesas...
El jardin tambièn tenia una fuente en el medio, con peces de colores, un gomero que extendìa sus ramas sobre el techo de las habitaciones que daban al jardìn. El cesped estaba siempre verde y bien cortado. Muchas plantas y ademàs tenìan un conejo, una iguana y una paloma. Detràs del jardìn estaba lo que llamaban el fondo de la casa, donde habìa un àrbol de mora y al costado derecho un galpòn donde se guardaban los trastos, a la izquierda del galpòn estaba la habitaciòn de Rosalia y atràs el baño.
Esa tarde Mauricio y yo estàbamos en el fondo de la casa, trepados al àrbol de mora, juntando esa fruta, que luego se la darìamos a Rosalia, para que por la noche doña Sara las disfrutara sentada en un sillòn hamaca en la vereda, despuès de cena.
Rosalia estaba en su habitaciòn. En un momento ella se asomò por la ventana y nos pidiò que no gritaramos tanto, que doña Sara estaba descansando y ella tambièn queria dormir un rato. No le hicimos caso, pero al rato insistiò; entonces la invitamos a que trepara con nosotros y nos ayudase; no aceptò, y se volviò a encerrar en su cuarto.
Solo una vez entrè a su habitaciòn; fue para pedirle que me acompañara al gapòn de los trastos a buscar una pinza. Con Mauricio, aquella vez habìamos leido en una revista, que periodicamente llegaba a la casa por correo, como fabricar una radio a galena, y nos propusimos tener la nuestra. Estuvimos un mes juntando los elementos y el material. Eso me gustaba de Mauricio, no era como los demàs que en unos dìas se olvidaban del proyecto y a otra cosa. Cuando reunimos todo el material necesario, nos dedicamos a la tarea del armado de aquel fantàstico instrumento. Lo haciamos en el patio, en el suelo. Por la mañana del lado oeste y por la tarde del èste, para que el sol no nos calcinara, ese fue un verano por demàs de caluroso.
Necesitabamos una pinza, Mauricio me indicò donde podìa encontrar una, y hacia allà fui. Pero resulta que yo sabìa que en el galpòn habìa ratas; y yo siempre les tuve terror a esos animalitos, me paralizo al verlos, ni aùn hoy, despuès de tanto tiempo pude superarlo.
Entonces golpeè en la habitaciòn de Rosalia, como antes habìa dicho, con la intenciòn que me acompañara a buscar la pinza.
La respuesta de Rosalia fue: pase, y yo obedecì. Solo abrì la puerta y di un paso, pero ella insistiò. Estaba sentada en la cama, que era de una plaza y muy bajita. El colchòn estaba medio hundido y era finito. Sobre la cama habìa una caja, y dentro fotos, que ella estaba mirando.
Cuando vio que era yo, comenzò a guardarlas, lenta y ordenadamente.
Sobre la mesita de luz habìa una radio Spika, estaban pasando un tema del momento.
Me animè a preguntarle que eran esas fotos. De mi gente me respondiò, las volviò a sacar y las empezamos a ver juntos.
En una estaba con la mamà y el papà, ella en el medio abrazàndolos. La habìan sacado debajo de un Paraiso. En otra estaba con una amiga que me dijo que se llamaba Lucia. Tambièn me dijo que Lucia hacìa dos meses que se habìa ido para Buenos Aires, tambièn a trabajar en casas de familias. La tercer foto que saco, mientras guardaba las anteriores era de ella sola. Tenìa un vestido blanco, ajustado arriba hasta la cintura, muy escotado, y de la cintura para abajo era amplio y plisado. El cabello le llegaba hasta la mitad de la espalda, renegrido, contrastaba con el blanco del vestido, lo mismo que su piel, morena y suave como el algodòn.
Me dijo que esa foto era de cuando cumpliò 16 años, el vestido se lo habìa regalado el padrino, que era amigo del padre desde que eran chicos, y a su vez, el papà de Rosalia era padrino del hijo mayor de su amigo. Tambièn me conto que es fue el dìa mas feliz de su vida, que habìan pasado 6 años de aquello, y que nunca volviò a tener un vestido asì.
Ràpido saque la cuenta, y Rosalia tenìa en ese momento 22 años, dato que yo desconocia.
Le dije que estaba muy linda y que el vestido le quedaba hermoso, ella meregalò una sonrisa y pude ver sus dientes, blancos como la espuma del mar cuando rompe contra las rocas.
De repente se puso seria, me di cuenta de lo que le pasaba, le pregunte si extrañaba a su familia y a sus amigas. Todavìa tenia la foto en las manos, sobre la falda. Me respondiò que si. En ese momento sentì como que algo me oprimia el corazòn y a la vez me producia como un sabor dulce en la boca..., la abrace y ella apoyò su cabeza sobre mi pecho, todavìa tenìa la foto en su falda. Yo no sabìa que hacer, sentìa un temblor interior y un impulso, el cual no reprimì. Corriendolè el cabello descubrì su boca, y la becè. Ese era el primer beso que dì en mi vida, y el mas dulce y el inolvidable. Nunca pude olvidar los labios de Rosalia apretados juntos a los mìos.
Nos recostamos sobre la cama y nos seguimos abrazando y besandonos, hasta que nos descubrimos desnudos, uno junto al otro. Y yo sin saber que hacer. Rosalia lo hizo por mì, hizo todo lo que yo debìa hacer, y nos amamos y gozamos uno del otro sin importarnos nada en ese momento. Despuès nos quedamos recostados un rato, y yo no me queria mover, no queria que el tiempo pasara, queria quedarme eternamente asì, con Rosalia a mi lado. Pero ella me beso por ùltima vez y juntos fuimos al galpòn a buscar la pinza.
A partir de ese dìa, mi vida cambiò, ya nada era lo mismo. Las cosas que me divertian y entretenìan se esfumaron, querìa estar todo el dìa con Mauricio, para de esa forma estar cerca de Rosalia, pero ya no me interesaba la radio a galena ni los juegos que me proponìa. Eso me hacìa sentir mal, tristeza era lo que sentìa, porque pensaba que Mauricio debìa saberlo, saber lo que paso entre Rosalia y yo, èl era mi mas ìntimo amigo, y nunca hubo secretos enre nosotros. Inclusive, cuando descubrimos, o mejor dicho èl descubriò la forma de sentir placer en soledad, no se lo guardò, me conto la experiencia, y yo tambièn quise experimentar y lo hice, y se lo agradecì porque me parecìa algo fantàstico. Despuès, cuando reincidiamos en aquel acto ìntimo y placentero, nos reiamos juntos, pensando que solo nosotros sabìamos de eso...
Ahora yo sabìa que habìa algo mas que disfrutar en soledad, sabìa que habìa descubierto la foerma perfecta de gozar, y no lo podìa privar a èl de ese conocimiento. Pero tampoco podìa traicionar a Rosalia.
Pasaron unos dìas, y yo no podìa dejar de pensar en ella, no podìa dejar pasar un dìa sin verla, y el verla no me hacìa bien, porque lo que yo querìa era estar en su cama, como aquella tarde. Rosalia lo sabìa, me daba cuenta por su mirada y la sonrisa en sus ojos, porque Rosalia tenìa el don de reirce con los ojos.
Una tarde la esperè en la esquina, sabìa que a esa hora ella salia a hacer las compras. Se sorprendiò al verme, pero no le di tiempo para mas, le dije que la queria, que la amaba y me queria casar con ella. Al principio se quedò muda y muy seria, pero luego comenzò a reirse, y me dijo que yo estaba loco, que no sabìa lo que decia...
Me destrozò el corazòn, yo pensaba que ya todo estaba resuelto y que ella estaba esperando que yo le propusiera casamiento, que debìa ser asì, por lo que habìa pasado entre nosotros. Me sentì humillado y confundido, me quedè parado, mejor dicho petrificado, mientras ella seguia camino al almacen.
Esa noche no cene, me encerrè en mi cuarto y no pude dormir en toda la noche, sentia ganas de llorar, pero reprimia el llanto. Solo escribir me calmaba, pero solo un momento, porque lo que escribìa lo rompia, pensando que no podia volcar en el papel lo que sentia por ella, no alcanzaban las palabras, no las encontraba, no existian las palabras que expresaran lo que sentia por Rosalia.
Me habia enamorado y lo queria todo con ella. Sin pensar lo que estaba deseando, la fatalidad hizo oidos a mis deseos.
Un dia llegamos con Mauricio de la calle, Rosalia me estaba esperando, en un momento me puso un papelito en la mano, yo ràpido lo guarde en el bolsillo. Me quemaba ese papel en el bolsillo, fui al baño y lo lei: necesito que hablemos, te espero en la plaza a las siete de la tarde.
El corazòn me dio un vuelco, y se me dibujo una sonrisa en los labios, que aunque querìa no me la podìa borrar, estaba feliz.
Volvi a reunirme con Mauricio, me hablaba pero no me podìa concentrar en lo que me decia, en mi mente solo cabìa un pensamiento: Rosalia. El tiempo no pasaba, se me hacìa eterna la espera.
Por fin se hizo la hora de la cita. No queria llegar antes que ella, la queria ver esperandomè en medio del paisaje que dibujaba la plaza.
Ahì estaba, en el banco junto a la fuente, cuando vio que me acercaba, bajo la vista y espero a que yo llegara para pedirme que me sentara, lo hice, y cuando quice hablar me cerro la boca con un rotundo no. La que tengo que hablar soy yo, me dijo. Sin rodeos me lo comunicò: estoy embarazada. Voy a tener un hijo.
En un primer momento el pànico se apoderò de mi, solo podia mirarla, no tenia palabras, el miedo no me dejaba hablar, hasta que me animè: que vamos a hacer? le preguntè. Y sin esperar respuesta le dije que teniamos que casarnos, que eso era lo que correspondìa. Ella se puso a llorar, me abrazò y me dijo que tenia miedo. Esas palabras de Rosalia hicieron que yo tome el lugar que debìa tomar. Le dije que no tenia que preocuparce, que todo iba a salir bien, que yo hablarìa con mis padres y que ellos entenderìan; y si no entendìan era igual, porque yo nunca me iba a separar de ella. Al final le preguntè si me queria; me dijo que me amaba, pero ella sabìa que todos iban a estar en contra nuestra.
Yo tenìa dinero que me habìa sobrado del fin de semana, la invitè a tomar un helado; acepto pero me dijo que ella pagarìa el suyo. Ahì nos empezamos a dar cuenta de lo dificil que serìa emprender este amor. Yo necesitaba trabajar, pero mis padres no iban a permitir que interrumpiera mis estudios, primer obstaculo.
Ella me dijo que tendrìa que buscar otro trabajo, porque de la casa de doña Sara la iban a echar cuando se enteraran que estaba embarazada. Otra vez presa del pànico; doña Sara era muy amiga de mi familia, una amistad de toda la vida, cuando mis padres se enteren van a pensar que yo le falte el respeto a esa familia, cosa que no era cierta, pero yo conocia a mis padres y sabìa lo que dirian.
Llegamos ala heladeria ahi nos distendimos un poco. Ella pidio un helado de chocolate y crema de almendras, yo uno de granizado y frutillas. Mientras tomabamos el helado se me ocurriò preguntarle que nombre le pondrìamos a nuestro hijo. Otra vez la seriedad y la preocupaciòn se dibujaron sobre el rostro de ella. pero yo insistì y le propuse que si era un varòn le pusieramos Mauricio. De pronto dio un respingo, se le callo el helado y se enfureciò. En ese momento no entendì la reacciòn de Rosalia y solo me quede mirandola a los ojos, esperando una explicaciòn. Ella vacilando y como buscando las palabras me explicò que jamas le pondrìa el nombre de su enemigo, en ese momento se callo de golpe, pero luego me explicò que ella sabìa que Mauricio tambièn se pondrìa en su contra cuando se enterarà, que yo no me olvidara de que familia provenia este muchacho.
Me esforcè por entenderla, sin embargo no compartia su opinion, y menos aùn entendìa su reacciòn ante mi propuesta.
Vamos, es tarde, y tengo que preparar la cena, me dijo. Yo le tome la mano, y le pedì que pensara en el dìa en que prepararìa la cena para nosotros dos, y luego para los tres. Me regalò una sonrisa, nos levantamos y caminamos juntos hasta la esquina de la casa, ahi nos separamos, no queria que nos vieran juntos. Entendì, y me quede ahi parado viendola irse, y mi amor detras de ella.
Debìa hacerlo, debìa hablar con mis padres, pero no sabìa como, no sabìa como empezar a hablar. Ademàs tenia miedo de la reacciòn de ellos, y que no me permitieran explicarles que yo amaba a Rosalia por sobre todas las cosas. Entonces se me ocurriò que primero debìa decirles eso y luego mi decisiòn de casarme con ella.
Pero existia el peligro de no poder llegar a decirles que ella estaba embarazada y el hijo que iba a tener era mìo, porque al escuchar decir que yo la amaba, iban a pensar que eran cosas de un muchachito romantico y no le iban a dar importancia, es mas, temia que se rieran de mi.
Solo una cosa quedaba por hacer; llamar a una reunion familiar, darle un aire muy solemne a la reuniòn. Despuès de cenar esa noche, luego de que mi madre hubo de terminar de lavar la vajilla y ordenar la cocina, les pedi que me escucharan, que tenia que hablar con ellos.
Mi padre aùn estaba sentado a la mesa, mi madre se sento tambièn y ambos esperaban que yo comience a hablar. Estaba muy nervioso y nada de lo planeado pude llevar a cabo. Se los dije de una sola vez, casi sin respirar. Cuando terminè de hablar tenia mas miedo que antes, ya no habìa marcha atras, ya lo sabian, y yo sabia que casi todo, por no decir todo, dependìa de ellos.
Mi madre quedò paralizada, se puso pàlida, se agarrò la cabeza entre las manos y se disculpo. Necesitaba recostarce, no se sentia bien, dijo.
Mi padre la acompaño, mientras tanto me dijo que ya ibamos a hablar del asunto.
Yo me quede sentado, ahora ademàs del miedo, la culpa.
En un momento mi padre volviò y me pidio que le contara con setalles eso de que yo iba a tener un hijo con Rosalia. Le conte lo de la pinza, lo de las fotos..., le conte todo. Me pregunto cuanto tiempo habìa pasado de eso, dos meses, le dije, y me enoje, porque me di cuenta que pensaba que Rosalia me estaba engañando, y se lo dije. Bueno, me respondiò, yo conozco a ese tipo de muchachas. Pero Rosalia no es asì, le respondì.
Mi madre volviò de su habitaciòn, se sento y comenzò a llorar, se acercò, me abrazò y comenzò a besarme. La entendì, pero no se porque en ese momento sentì un rechazo, no querìa sus besos, solo queria los besos de Rosalia.
Los tres quedamos callados. El que rompiò el silencio fue mi padre. tenemos que hablar con doña Sara, despuès hablaremos con la chica.
Yo empece a desconfiar, pense que mi padre estaba tramando un plan para evitar que yo me casara con Rosalia, y se lo advertì. Hagan lo que hagan, no importa, nada va a impedir que yo me case con Rosalia. Mi madre comenzò a llorar nuevamente, pero esta vez mas fuerte.
Vos te callas, fue la respuesta de mi padre, y vas a hacer lo que nosotros decimos.
La guerra estaba declarada. Pero yo tenìa una ventaja: ellaos sabìa que siempre me salia con la mia, cueste lo que cueste, me conocian y eso me daba ventaja. por lo menos, sabian que no me rendiria tan facilmente.
De pronto me senti deprimido, pensando: ¿porque algo tan hermoso como el amor y el milagro de tener un hijo tenia que esquivar tantos obstaculos, porque habia que luchar tanto para ser feliz? ¿Acaso mis padres no querian mi felicidad?. Estuve a punto de preguntarcelo, pero el llanto incontenible de mi madre me detuvo. Estaba seguro que si volvia a hablar ella lloraria mas fuerte.
Necesitaba ver a Rosalia, contarle lo que habia pasado, lo que habian dicho mis padres.
Pero me mandaron a mi cuarto, y me prohibieron salir. Nunca me imaginè sentir culpa por esto que me estaba pasando, pero ellos tenian la forma de lograrlo, y lo lograron, en un rincòn de mi conciencia sentia culpa, sentia que les habia fallado. Me relevaba contra ese pensamiento, pero volvia a mi mente. Ahora mas que nunca necesitaba estar con ella.
Ya era tarde, esa noche mis padres no salieron a la vereda como acostumbraban cada noche de verano. Yo aproveche la ocaciòn y me escape. En la puerta de la casa de doña Sara tampoco habia nadie. Llame y me atendiò la señora, le pedi de hablar con Mauricio, me hizo pasar y lo llamo. Cuando lo vi me di cuenta que estaba preocupado, o algo por el estilo, pero no podia perder mas tiempo, le conte todo, inclusive que habia desobecido a is padres para reunirme con Rosalia. Mauricio no abrio la boca, solamente se limitaba a mirarme a los ojos, hasta que me abrazò y me llevò a la calle.
Me conto que a Rosalia la habian despedido, que se fue antes de cena, que el no sabia la razòn, pero que la vio llorando y que su abuela estaba de muy mal humor.
Me desespere, quese hablar con doña Sara pero Mauricio me lo impidiò, me dijo que asi era mejor, que lo que teniamos que hacer lo hariamos solos. Pero ni a èl ni a mi se nos ocurria algo.
Decidì hablar con mis padres y ponerlos al tanto de la situaciòn, con la esperanza que entendieran, aunque sea que se compadecieran de mi, pero fue inutil, me dijeron que ellos nada podian hacer se doña sara habia tomado esa determinaciòn. Con làgrimas en los ojos salia buscarla por las calles, Mauricio me acompaño, fuimos a la plaza pero ahi no estaba.
No sabiamos adonde buscarla, asi que volvi a mi casa y me encerre en mi cuarto.
Al dia siguiente mi madre quiso hablar conmigo, pero me negue, no queria hablar con nadie, solo queria que me dijeran donde estaba Rosalia. Paso eltiempo y nunca pude saberlo.
20 años pasaron de todo aquello, sin embargo el recuerdo de aquella mujer sigue vivo en mi memoria, el amor intacto en mi corazòn, y la esperanza de encontrarla algun dia como una llama que jamas se apagarà.
Paraguay, 5 de octubre de 1984